Más allá del yogur: el secreto de la longevidad está en la diversidad
Hace unos días, varias publicaciones hicieron mención del fallecimiento de una anciana con 117 años, atribuyendo su longevidad a que seguía una dieta mediterránea que incluía la ingesta de tres yogures al día. Entidades como Danone dieron gran divulgación a esta noticia e imagino que esto habrá incrementado el consumo de yogur.
Sin quitar importancia a los beneficios del consumo de este producto, es necesario aclarar una serie de cuestiones fundamentales:
- Legalmente, en España desde 1980, sólo puede etiquetarse con la palabra “yogur” al producto lácteo en cuya fermentación hayan intervenido dos cepas de bacterias lácticas concretas: el Streptococcus thermophilus y el Lactobacillus bulgaricus. Esto explica por qué otros productos muy populares que encontramos en el supermercado, como las leches fermentadas con bífidus (Bifidobacterium) o L. casei, no llevan la palabra «yogur» en su etiqueta. Aunque son lácteos fermentados con valiosos probióticos, utilizan cepas bacterianas diferentes a las dos estipuladas por la ley.
- Anteriormente, podía considerarse yogur a una leche fermentada que contenía una mayor variedad de bacterias. Se trataba, por tanto, de un alimento con una mayor diversidad de elementos probióticos. Y si buscamos un heredero moderno de esa riqueza, el kéfir es el mejor ejemplo. A diferencia del yogur, el kéfir no se fermenta con un par de bacterias, sino con una comunidad simbiótica de decenas de microorganismos (bacterias y levaduras). Esto lo convierte en una fuente de diversidad probiótica muy superior, más parecida a la que nuestros antepasados consumían de forma natural.
- Por tanto, es muy probable que esta señora, a lo largo de su dilatada existencia, se beneficiase de una variedad de probióticos mucho más amplia que la que contienen los yogures actuales. Por otra parte, la noticia no cuenta si en su alimentación también incluía de forma importante otros alimentos fermentados.
Pensemos que, desde su nacimiento en 1914, esta mujer tendría a su disposición muchos más alimentos «vivos» y cargados de probióticos de los que podemos disponer ahora. Una despensa tradicional llena de chorizo, salchichón, salami, jamón, salazones de pescado, quesos madurados, vinos y cervezas sin pasteurizar, miel cruda o vinagres de elaboración artesanal.
En conclusión, más que obsesionarnos con consumir tres yogures al día, el verdadero secreto para una buena salud intestinal y, quizás, para la longevidad, reside en la diversidad. La lección no es comer más yogur, sino enriquecer nuestra dieta con un amplio abanico de alimentos fermentados. Alternar el yogur con el kéfir, añadir otras leches fermentadas y no olvidar el resto de la despensa probiótica es, probablemente, la mejor estrategia para cuidar nuestra microbiota y emular la sabiduría dietética de nuestros mayores.
José A. Barroso
